La Guayusa que bebimos


 

La guayusa que bebimos

Alcanzándole con la punta de un palo le golpeaba la cola, mientras ella se escondía en el monte.

 

Pensábamos qué aquí hay todo tipo de esqueletos, huesos de buitres, monstruos viejos que esconden la cabeza y que ella no puede huir ni pedir auxilio.

-Pobrecitos nosotros, del amor no sabemos nada.

A las demás alimañas les tiramos migajas de pan, para que se entretengan, mi hermano decía que si hubiésemos entendido las historias que nos contaron sobre las aventuras de la selva, hoy estaríamos jugando con cada bicho que pisamos.

Antes del viaje, el mundo estaba controlado por nuestras ordenes, como en los juegos de play station. Pero aquí existía un modo desconocido, lleno de color y humedades. Con esa realidad a cuestas, no era buena idea tirar migajas por todo lado, ya que en lugar de alejarlos de nuestro entorno teníamos más insectos rodeándonos la cara, entonces nos pusimos a silbar, movernos a su estilo, saltar a su manera, y cantar sus melodías creíamos que empezábamos a comunicarnos como ellos, pero no eran suficientes nuestros movimientos y ademanes pues habíamos agotado la posibilidad de divertirnos, entonces entendimos que nosotros éramos los extraños, y salimos apresurados del monte. Mi hermano Emilio, se regresó a la ciudad.

 

Ya solitario volví al pueblo, esa noche descansé en la casa de mi abuelo.  El ruido a esta altura ya no me alarmaba, ni las polillas sobrevolando las orejas me inquietaban. Una vez enojado con el sueño me puse a cantar:

Damos vueltas alrededor de nosotros mismos

intentándonos pisar la cola nosotros mismos,

chequeándonos y justificándonos en la crisis,

modernizándonos siendo el sol de nuestro propio mundo.

Ego centrándonos colocando rubros de justicia,

corrompiéndonos. Y así toditos los días…amanecemos.

 

Era las tres de la mañana cuando mi abuela tocó la puerta, el abuelo había soplado el churo para avisar a la comunidad que debían ir todos hasta la casa del pueblo, porque así quería enseñarnos que nosotros somos frágiles y que de nuestra historia debemos aprender a beber la guayusa con el fin de revitalizar el cuerpo y el espíritu. Mi abuela prendió fuego a un costado de la choza donde colocó una olla de barro con hojas de guayusa en medio de tres troncos, la gente que llegó estaba contenta, se reía y conversaba mientras escuchábamos relatos del abuelo narradas junto a otros ancianos, un pingüanero interpretaba una melodía advirtiendo que no debemos olvidarnos de nuestra música, cinco hombres de ellos tocaban el tambor dando vueltas alrededor de la sala. Otro anciano por su parte nos enseñaba ¿qué significan los sueños? cómo defender nuestra tierra, mi abuela, y otras mujeres se reían entre ellas alegres ya que todos bebemos guayusa en los pilches que han hecho con sus manos.

Mi abuelo es el jefe del pueblo y nos muestra que nosotros tenemos caprichos en la vida, pero como hermanos también debemos alegrarnos. Mientras una mujer reparte chicha a los presentes él, sin detenerse nos cuenta como han cruzado los ríos y ascendido a las montañas, que pelearon muchas batallas y que así han aprendido a aceptar con calma una victoria, pero también se meten en la soledad de las chozas a meditar en las derrotas.

Dice que los hombres tienen libertad cuando planifican en la mañana sus tareas que a pesar de ello aún son difíciles y que por eso las mujeres bailan agitando el cabello al ritmo del tambor con los pies asentados en el suelo únicamente para consolarnos.

Ya, a las seis de la mañana las mujeres han terminado de preparar el uchu manka, en medio de la sala sobre las hojas de plátano están servidas la yuca, papa china y plátano cocinado. A esta hora nos ponemos a comer.

Cuando todos se fueron mi abuelo se quedó con las manos en la memoria. contento que hablaría del resto de la aventura conmigo y al mismo tiempo mirando mi camino de vuelta repetía:

¿Para qué el silencio?

Ya no hay huesos que roer,

Ni el último de la fila.

 

Pisotea la cabeza, sacúdelo

golpéala de patadas, brinca sobre ella, 

 

¿Para qué amar? …

-me shamaneaba…

 

Fin

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